
En las prístinas etapas de la Naturaleza evolutiva nos encontramos con la muda intimidad de su inconciencia; no hay revelación de significado o propósito alguno en sus obras, ni sugestión de cualquier otro principio del ser que esa primera formulación, que es su primera preocupación inmediata y parece ser por siempre su único cometido: pues en sus primeras obras aparece la Materia sola, la única realidad muda y rígida. Un Testigo de la creación, si hubiese habido uno consciente pero no ininstruido, sólo habría visto aparecer de un vasto abismo de una aparente no-existencia una Energía ocupada en la creación de la Materia, un mundo material y objetos materiales, organizando la infinitud del Inconsciente dentro del esquema de un ilimitado universo, o sistema de incontables universos expandiéndose en su torno, en el Espacio sin ningún fin ni límite ciertos, una infatigable creación de nebulosas galaxias, soles y planetas, existentes solos por sí, sin sentido en sí, vacíos de causa o propósito. Podría haberle parecido una estupenda maquinaria sin uso, un potente movimiento ininteligible, un eonico espectáculo sin testigo, un cósmico edificio sin habitante; pues no habría visto señal de un Espíritu inmanente, ni al ser para cuyo deleite fue constituido. Una creación de esta índole podría ser solamente juego de sombras o de marionetas de formas reflejadas en un indiferente Absoluto superconsciente. No habría visto la evidencia de un alma ni una sugestión de la mente, o la vida en este inmensurable e indeterminable despliegue de la Materia. No le habría parecido posible ni imaginable que pudiese existir en este desierto universo, por siempre inanimado e insensible, una eclosión de vida en abundancia, una vibración primera de algo oculto e incalculable, vivo y consciente, una secreta entidad espiritual haciendo rumbo hacia la superficie.